Yo solo quería ayudarte, es por eso por lo que estaba ahí.
Te advertí antes de tiempo, pero tú, aún a sabiendas de lo que podía ocurrir, actuaste a tu antojo.
También eras consciente de que no era la primera vez, pero preferiste lanzarte de cabeza una vez más contra la misma piedra.
No me gustó que me culpases de lo sucedido, y menos de esas maneras. No me gustó la forma en que me trataste, y por supuesto que no me gustó que me vieses como culpable cuando lo que hacía era tenderte mi mano.
Ahora ni tus mil perdones pueden saciar mi decepción, al menos hoy.